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Autorretrato con desasosiego interior

Edvard Munch (autor), 1919.

El “Autorretrato con desasosiego interior” es una obra que pretende ser la ilustración del propio título. Un hombre anciano, pero de pie sobre sus propias piernas, se encuentra en el centro de una habitación; tal vez se está vistiendo, tal vez está solamente pensando. Pinceladas gruesas y rudas separan la figura humana del fondo, dejando un sutil borde blanco. Este hombre no es la representación de un solo aspecto humano, sino que el ser humano en su complejidad.



Aún si es un autorretrato y además no realista, el motivo por el cual Munch ha querido mostrarnos su propia imagen en un estado de tormento, no puede ser la autocomplacencia sin sentido, más bien quiere confrontar al espectador y junto con él buscar una correspondencia, acerca de una inquietud interna, así este tormento profundo, existencial, se encuentra en cada uno de nosotros. Es la insatisfacción perenne de quien descubre poco a poco, que nada de aquello a lo que nos podemos dedicar, puede ser respuesta definitiva al deseo de realización.


Existe un ansia de significado, por lo cual uno mandaría al diablo todas las cosas superfluas. Esta ansia de llegar a ser, es tan urgente que la única solución pareciera ser ocultarla, cubrirla con ocupaciones, distracciones, humorismos cansados, televisión, etc. O si no, nos conduce a una depresión sin fin, como vemos en tantos jóvenes.Y a pesar de todo, este tormento no es negativo, porque como recuerda Heidegger, parafraseando a Hölderlin: “donde está el peligro crece también aquello que salva”, o sea, donde parece que falta el bien, esta impresión de ausencia nos demuestra su presencia.


Una recámara en el fondo, una ventana desde la que podemos percibir un solitario ciprés y un día gris, en el siguiente ambiente nos encontramos en lo que parece ser un estudio o taller: algunos utensilios a la izquierda, mantas o telas alrededor. En el centro, un hombre anciano firme sobre sus piernas, es captado en el acto de vestirse, tal vez está solo pensando. Parece que los espacios de la pintura lo quisieran absorber mientras él con todas sus energías trata de imponerse a la fuerza de atracción.


Es imposible no percibir en su rostro el drama de la vida, un hombre que se siente fragmentado, dividido en su humanidad. Y es que hoy como ayer, siempre se ha querido dividir al hombre en múltiples facetas, aislando cada uno de sus intereses para dar luego un juicio que nada tiene que ver con su vida y con la verdad de sí. El hombre que Munch nos presenta es el contemporáneo, tú y yo, sofocado por la mentalidad común y dominante que nos quiere homogéneos, que no deja espacio para la interrogante, que crea relaciones injustas y arbitrarias difundidas a través de los medios de homologación y estandarización como la publicidad y los instrumentos de comunicación globalizada.


El poder (y con él, la técnica, la ciencia, la tecnología entre otros) no se acerca a nosotros en nuestra unidad, si no que se dirige a tí y a mí como sujetos con particulares necesidades: como productores, como estudiantes, como inquilinos, como consumidores, como hijos, como hambrientos de afecto, como complejo de derechos, etc. El poder pretende romper la unidad del hombre, de YO, como ya enseñaban los romanos “divide et impera”. De este modo el hombre desaparece detrás de los intereses particulares que al poder le interesan. La realidad que nos rodea se aprovecha de nuestras carencias y trata de reducir la cuestión humana al mínimo. Así lo que vemos en esta pintura es una situación en la cual no vale la pena luchar, amar, vivir y donde todo parece estar condenado a perecer.


Pero el hecho de que no haya una sola respuesta a todas nuestras necesidades e inquietudes es lo que causa en nosotros este sentimiento de insatisfacción; todas las exigencias del hombre son el signo de la necesidad más grande que él tiene: el deseo de realización. Las pinceladas rápidas y transparentes nos comunican el frenesí por salir de ese tormento, por librarse de esa ansia que lo abarca, aun si siempre existe la tentación de abandonarse a la desesperación o a la distracción. Y no obstante todo, el tormento es bueno por paradójico que sea, porque es lo que nos hace reconocer la falta de un positivo, la carencia de un bien superior que reconduzca mi ser a la unidad total y definitiva.


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