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Caminos de santidad


Los primeros cristianos se llamaban entre sí “santos”; porque esta palabra para ellos no tenía un significado moral, sino que significaba (...y significa) “pertenecientes a Jesucristo”. A lo largo de la historia, entonces, aquellos que llamamos “santos” son los que han reconocido y vivido esta pertenencia, volviéndose testigos de ella para los demás hombres. Antes de ser un reconocimiento oficial de parte de la jerarquía de la Iglesia católica, dicho carácter identifica una forma diferente de enfrentar la realidad y la vida.




Cada uno de nosotros tiene justamente su identidad bien formada y definida: ingeniero, licenciado, doctor, madre, abuelo, etc. Pero ¿será esto lo que en última instancia me define como persona? ¿Será esto el destino de mi existencia? Algunos hombres nos sorprenden diciéndonos, a través de sus actos, que no es así, que esto no es suficiente, que hay algo más misterioso que nos define y que la pertenencia común a este misterio nos hace ser hermanos y parte de un único pueblo.


Más aún, nos demuestran que la trama de las relaciones entre nosotros es justamente el instrumento para hacer posible que el misterio esté presente en el mundo. El poeta Tomas Eliot dice: “¿Qué vida es la vuestra, si no tienen vida en común? No existe vida, sino es vivida en comunidad”.


Todos estamos llamados, entonces, a ser santos; lo cual va mucho más allá que aparecer en una estampita o en una oración. Se trata de vivir con el sólo deseo verdadero de pertenecer al misterio que está en el origen y en el destino de cada uno de los hombres. Seguir a Jesucristo hoy significa ser “santos”, pertenecerle: seguirlo y reconocerlo presente en una comunidad de personas “comunión de los santos” (unidad de quien pertenece); de otra manera es solo una bella fábula, o un pasatiempo burgués. Entre ellos emerge ese misterio, del hombre y del Cristo, aun si no es del agrado del poder.


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