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El arte como experiencia de vida

el arte abstracto


El arte se desarrolla a partir de la necesidad de comunicar del hombre. Pensando en el arte y en su finalidad, sale a la mente el famoso dicho “Art for art’s sake” que parece reducir el arte a algo ajeno a la realidad que nos rodea, algo que busca la estética de lo bello sin comprometerse con la vida cotidiana de cada hombre. Sin embargo, varios artistas muestran a través de sus obras que no se puede olvidar la realidad, que no se puede escapar de ella, sino, por el contrario, se debe enfrentar juntos para poder convertirla.


El arte, por definición, es una obra o un trabajo hecho por el mismo hombre, debe responder a una necesidad del ser humano, y ¡qué necesidad si no la más grande!: descubrir la respuesta a las preguntas infinitas de quién soy, por qué vivo. Desde siempre, el arte ha sido un medio a través del cual el hombre logra alcanzar su misterio y, en un cierto sentido, lo hace infinito.


El arte es una expresión de la experiencia humana del mundo, de hecho, cada obra de arte también es hija de su tiempo, como afirmaba Kandinsky. Los lenguajes del arte son tantos como los siglos de vida que tiene el mundo, y cada uno responde a exigencias del momento: así, por ejemplo, mientras que en el Renacimiento tenemos el humanismo y al centro de éste, al hombre, en el siglo XIX el Impresionismo hace investigaciones sobre la técnica y la forma, pues no le interesan tanto los contenidos más que como excusa para estudiar fenómenos atmosféricos.


La obra de arte está en constante diálogo con su tiempo y, por ende, con un público. Sin embargo, al mirar el desarrollo del arte occidental en la historia y acercamos a las vanguardias artísticas del siglo XX, los lenguajes del arte se hacen cada vez más herméticos, principalmente en sus vertientes abstractas. El espectador va perdiendo las claves de lectura de la obra de arte y su sentido. Tal vez por ignorancia, por superficialidad o por estar inmersos en las propuestas de la mentalidad común, nos vemos tentados a considerar como arte comprometido con la realidad solo aquel que, perteneciendo a la corriente figurativa, nos muestra de manera explícita –o por lo menos así creemos– su mensaje o su crítica a la sociedad. La obra de arte debe ser canal privilegiado para el diálogo, no puede existir por sí, como fin en sí misma; de hecho, aún si quedara escondida en una bodega, sin ser vista por nadie después de terminada, subsiste porque el entorno y el público son parte fundamental de ella. Entonces, ¿puede un cuadro abstracto esconder o transmitir un mensaje? ¿Cómo puede un artista comunicar una emoción o una idea con obras que aparentemente no remiten a la representación del mundo como lo percibimos con los sentidos? La pregunta sobre el arte abstracto es, entonces, sobre su capacidad para vincularnos con la realidad o, si se piensa de otra manera, sobre el tipo de realidad con que nos quiere vincular.


En principio, por su misma naturaleza formal, una obra de arte abstracto es polisémica, camaleónica, cada quien puede verse en ella, es como un libro o como la música, en lugar de notas tiene como elementos constitutivos el color, el ritmo, el concepto, las formas, etc. Estos elementos, aún si no remiten a la representación de la apariencia de las cosas, sí nos ayudan a abordar la obra porque los elementos visuales nos llevan a mirar lo esencial, a no quedar seducidos por la seguridad que nos da el reconocer del mundo solo su inmediatez, su aspecto físico, sin ir más allá de éste. El arte abstracto, generalmente, nos quiere transportar hacia lo trascendental, hacia algo más “grande” a través de lo concreto. Al mismo tiempo, pone en diálogo con el otro, porque en este tipo de obras se expresa la búsqueda de sentido y significado que está al fondo de todo ser humano, el deseo de ir más allá de lo aparente. Esto une a cada hombre de cada época y de cada rincón del mundo sin importar su condición, enseñándole cómo volverse eterno.



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