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El payaso

ciclo de conferencias 2018-2019


El Centro Cultural One Way recoge la invitación a profundizar el tema que los amigos de Tonalestate, cada año, proponen a lo largo de algunos días de encuentro cultural. El desafío de esos meses fue, retomando el tema de la edición de Tonalestate 2018 “Payaso. Come y bebe y duerme y viste ropa” razonar sobre la palabra “payaso”.


Esta es una palabra que hemos presentado gracias a la pintura de James Ensor, un genial pintor belga que quiso ofrecer una imagen (seguramente no lineal, pero muy eficaz) de las personas falsas y embusteras que saben esconder, tras una máscara, su verdadero rostro: son los hombres por los que Ensor se sentía rodeado, perseguido y humillado, la muchedumbre infame de la sociedad burguesa de su tiempo, una sociedad que el pintor detestaba por su hipocresía y por su habilidad para traicionar. Frente a este tema nos hemos puesto una pregunta: “¿Quiero dejar de ser payaso?”.


El payaso sobre el cual hemos reflexionando no es aquel “poeta en acción” que, en el circo o en el teatro, renueva, en quien lo escucha y lo mira, la capacidad de asombro, liberándolo de la insana obsesión de tener que sobresalir siempre. El payaso sobre el cual hemos reflexionado es un ser vanaglorioso y presumido que, con una risa vacía e inoportuna o bien con una férrea, obscura e inculta terquedad, quebranta la belleza que se asoma entre lo verde del verano, obstaculiza el camino inseguro, rechaza el límite humano y perezosamente acalla a quienes desean llegar a su cita con la muerte tras haber vivido con gran humildad y absoluta lealtad.


De hecho, si reflexionamos con sinceridad, no podemos no reconocer que es muy raro que los hombres, desde el más poderoso hasta el más mísero, conversen y convivan real y seriamente entre ellos, una seriedad que sabe decir no al engaño y al pesadísimo yugo que los fuertes imponen a los débiles. Hablamos de una seriedad que, obviamente, nada tiene que ver con las caras largas o cínicas o escépticas que son el correspondiente individual de los muros levantados en las fronteras, sino de una seriedad que requiere de un valor especial, el valor de ayudar el camino propio y del otro hacia un bien eterno. Una seriedad que nos pone frente al sentido de nuestra existencia y nos hace preguntar: “¿A dónde iré?”. Esta es la pregunta por la cual vale la pena “gastar nuestras energías”, sobre todo, pero no sólo, cuando “el Porvenir no se ofrece como amigo para el camino”, como dice el novelista Antonio De Petro. Es una pregunta que quiere ir a la raíz de nuestra identidad, despertando la conciencia de estar en la escena del payaso. Entonces, ¿queremos quedarnos en la escena del payaso?


Una cosa es cierta, es decir, real: ¡solos no vamos a ningún lado, solos y soberbios no podremos hacer ni siquiera “la experiencia de un después”! “Que yo distinga las ideas o las reúna, busco siempre con amor la unidad”, decía el africano Agustín. Nosotros no podemos hablar, nosotros no podemos actuar, nosotros no podemos llamar al hombre que encontramos sin indicar claramente, con humildad, un lugar real donde colaborar a la unidad “con lo creado, con la historia, con los demás y consigo mismo”. Estos, de hecho, son los “lugares de calidad”: centros culturales, gestos de conversación cara a cara, obras de compartir, iniciativas educativas, etc. ¡Los lugares de calidad son únicamente los queridos amigos, que son la “voz que renueva la existencia” concreta y cotidiana! “Tomar la iniciativa” necesita de un “arrojo a toda prueba”, pero “es vencedor quien siempre está listo para combatir”.


No se trata de repetir bellas palabras llenas de citaciones, sino volvernos, con sudor y fatiga, un estilo recibido, así aprenderemos a decir: ¡a dónde iremos! ¡Así aprenderemos a dedicar esta vida nuestra! Pero, “¡¿para qué dedicarla?!” “A ver los hombres y el mundo pasar lentamente: desde la crisálida a la angélica mariposa”, así como desde siempre alguien nos quiere ver.


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