El poder de los medios de comunicación

Frente a cualquier medio de comunicación todos tenemos la impresión de que no estén cumpliendo con su función informativa o de transmisión de una verdad, sino que, al fondo de sus “buenas intenciones”, se encuentra la constante búsqueda de un beneficio o un provecho económico o de poder. Las palabras mueven las masas tanto que la gente termina considerando todo lo que aparece en un medio como una verdad absoluta. Los periódicos, las radios, la televisión, las revistas, Internet, las redes sociales nos hablan y nos orientan siempre más hacia argumentos o mentiras disfrazadas de verdad que sirven para distraernos y mantenernos en una tranquilidad y una comodidad dominantes.


Cuando nos referimos a los medios de comunicación no podemos olvidar tres puntos fundamentales: primero, que su función es la de informar; segundo, que la neutralidad es imposible pero la objetividad, por lo menos, podemos exigirla. Aunque sea difícil relatar un hecho manteniéndose imparcial y aislado, quien asume la tarea de informar, debe garantizar su sinceridad, su fidelidad y objetividad. Tercero, que los medios de comunicación, perdiendo su original función, se convierten en una de las más eficaces herramientas para distraernos de las reales problemáticas actuales y así volvernos esclavos del poder en su estatus quo.


Es evidente que el problema no sea tanto el medio de comunicación, sino la responsabilidad y la conciencia de cada uno de nosotros que elegimos cómo informarnos. Si abordamos el problema desde el punto de vista del lector, hay quienes, por ejemplo, se quejan de mucho amarillismo, pero cada mañana eso es lo único que buscan; somos nosotros el “sujeto cliente” de la información, por lo tanto es nuestra tarea decidir cómo recibirla, si pasiva o activamente. Preguntémonos entonces: ¿por qué deseo informarme? ¿Para qué leo el periódico o busco otro medio informativo? El primer paso no es, ni siquiera, indagar la veracidad del medio de comunicación, sino preguntarnos con qué fin tú y yo nos informamos.


Hablamos mucho de vulgaridad en los medios de comunicación, pero, tal vez, la verdadera vergüenza consiste en que nos consideran como “receptores no pensantes”. Es un juego sutil en el que todos caemos cuando no interrogamos suficientemente al medio y nos abandonamos a la apatía que él nos ofrece.


Hace falta cambiar entonces la perspectiva: ¿leo una noticia como una persona consciente de tener una tarea frente a la propia existencia y a toda la sociedad o como alguien que desea seguir siendo un “títere tranquilo en su sillón”? Entonces, ¿cuándo cobran vida las palabras? Una de las exigencias más nobles de nuestra humanidad es aquella de transformar la sociedad. De hecho, nuestro actuar modifica y da forma a la realidad, así que también el informarnos no es únicamente para satisfacer una curiosidad, sino que es el inicio del deseo de transformar las circunstancias que me rodean en algo bello, justo y positivo para toda la comunidad.



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