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En la tarde de la vida te juzgarán por el amor

Óscar Arnulfo Romero



Luego de un largo proceso de canonización, en el año 2015, Óscar Romero fue beatificado por la Iglesia católica, y tres años después, el 14 de octubre de 2018, el papa Francisco lo declaró santo, en una ceremonia en Roma; celebrándose la festividad de San Óscar Romero, el 24 de marzo. Óscar Arnulfo Romero, fue declarado mártir por “odio a la fe”, ya que el 24 de marzo de 1980, durante la celebración de una misa, fue asesinado por un francotirador.



Las dos vías para la beatificación promulgadas por la Iglesia católica son: la vía de las virtudes heroicas y la vía del martirio. En ambas situaciones, la Iglesia declara primero la beatificación de la persona y sucesivamente la canonización, con el título de “santo”. En todo caso, lo que la Iglesia reconoce, y en particular, en el de Mons. Romero es su heroicidad de vida dedicada a Jesús, en una entrega total a la guía de su pueblo, hasta dar la vida por él.


Óscar Arnulfo Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, San Miguel, El Salvador. Ingresó al seminario en 1931 y fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942, en Roma, donde estaba realizando sus estudios. Después de haber trabajado por muchos años en diversas parroquias, en 1970, fue nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador, y en 1974 Obispo de Santiago de María.


Mons. Romero, por su origen humilde, era conocedor de la situación de pobreza que vivía El Salvador, por lo que al ser nombrado Obispo de una diócesis rural se dedicó a viajar y a visitar todas las poblaciones, especialmente las más pobres, llevando siempre consigo ayuda y haciendo sentir a todos su amistad y su cercanía humana. Sin embargo, la pobreza no era el único problema, el gobierno apoyaba abiertamente a la clase empresarial, la cual estaba más dedicada a obtener intereses y beneficios que a ofrecer una respuesta real a las necesidades de la gente.


Cuando en 1977 es nombrado Arzobispo de San Salvador, se involucra de lleno en este drama que vivía el país y sus palabras se vuelven la voz capaz de guiar y acompañar a todos aquellos que, desde siempre, se consideraban al margen, es decir, los más pobres y desfavorecidos. El asesinato del Padre Rutilio Grande y de un gran número de sacerdotes, le hace comprender todo el drama de la población y le hace asumir sobre sí, a costa de su propia vida, todo el peso de la grave situación que se vivía. Las visitas a distintas poblaciones eran muy frecuentes, y su oficina estaba constantemente llena de personas que le pedían ayuda y consejos, que requerían una intervención suya para la búsqueda de sus familiares desaparecidos o una mediación frente a una injusticia recibida. Su voz fue una espada implacable, repudiaba todo tipo de violencia, sus peticiones de paz siempre resonaban desde el altar: “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, que cese la represión”.


En el funeral del P. Octavio Ortiz, asesinado junto a cuatro estudiantes y catequistas, mientras celebraban un retiro, en enero de 1979, Mons. Romero comentaba: “Octavio encontró un tesoro... lo estaba dando a estos jóvenes... Este es el gran mensaje de Octavio y los muertos: la figura de este mundo pasa y sólo queda la alegría de haber usado este mundo para haber impulsado allí el reino de Dios. Pasarán por la figura del mundo todos los boatos, todos los triunfos, todos los capitalismos egoístas, todos los falsos éxitos de la vida. Todo eso pasa, lo que no pasa es el amor, el haber convertido en servicio de los demás el dinero, los haberes, el servicio de la profesión, el haber tenido la dicha de compartir y de sentir hermanos a todos los hombres. En la tarde de la vida te juzgarán por el amor. A Octavio y los jovencitos muertos con él, en eso los ha juzgado Dios el Señor: en el amor”.


Esto mismo nos dice hoy a nosotros la muerte martirial y la vida heroica de Mons. Romero que decidió radicalmente a qué dedicar su vida, olvidándose de sí mismo para dedicarse a la comunidad en la que Dios lo había puesto.




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