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¿Extranjero?


Estas líneas son una reflexión sobre el tema de los flujos migratorios en El Salvador, quieren ser, más allá de un análisis técnico, una provocación hacia el que considero diferente de mí mismo y que llamo: extranjero.


Los distintos flujos migratorios significativos de El Salvador inician en los años treinta hacia Honduras, cuando aproximadamente veinticinco mil salvadoreños emigraron en búsqueda de oportunidades de empleo en las plantaciones bananeras de la “United Fruit Company”. En los años cuarenta, la migración hacia los Estados Unidos se incrementó en números significativos, a raíz de las oportunidades creadas por la necesidad de mano de obra durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, en los años ‘70 y ‘80 se desarrolló una genuina explosión migratoria como consecuencia de una represión política y militar que generó condiciones para una guerra civil y el éxodo masivo, en su mayoría hacia los Estados Unidos de América.


A partir del 2001, un nuevo repunte migratorio se originó debido a los fenómenos naturales que afectaron al país. Según el censo de Estados Unidos, entre 2000 y 2010, la migración de salvadoreños pasó de 665,165 a 1,648,968 inmigrantes irregulares, indicando un crecimiento del 151.7%. Así, los salvadoreños ocupan el segundo lugar como inmigrantes irregulares en los Estados Unidos. De acuerdo a los datos del Censo de Población y Vivienda de El Salvador de 2007, el 94.4% de los salvadoreños y salvadoreñas fuera del país residen en los Estados Unidos; el 1.5% reside en Centroamérica, 1.4% en Canadá, 0.7% en Italia, 0.6% reside en México, y un 1% reside en Suecia.


El Salvador está en un momento histórico en el que el fenómeno migratorio puede ser una oportunidad para el desarrollo, tanto porque el país actualmente es producto, en parte, de esa movilidad, y en parte porque su población depende de la migración para la subsistencia. En ambos casos, su cultura y tejido social se nutren de la experiencia migratoria. La migración humana generalmente es interpretada como producto de un problema y con una connotación negativa; sin embargo, una política migratoria puede transformar esa realidad, proponer soluciones y vislumbrar oportunidades de avance para la población migrante y no migrante. Frente a esta problemática y a las conocidas injusticias que quien emigra vive cuando llega de escondidas a vivir en un lugar donde será llamado siempre extranjero, surge la pregunta sobre cuándo el otro, la otra, se vuelven extraños a mí “yo” y si ¿es justo llamarlos extranjeros?


Lo verdaderamente importante es aquello que une y no aquello que divide, porque la necesidad del otro es la voz que está igualmente presente en cada uno. Se trata, pues, de un reconocerse juntos que no es ficticio, que no es abstracto, que no está basado en datos sociológicos, etnológicos o históricos, se trata de un reconocerse juntos que acontece con anterioridad, ya que está fundado en el origen y destino común, en lo humano que está en todos.


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