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Francesco

Liliana Cavani (Director), 1989


La película nos muestra a Francisco, hombre verdadero (tanto que el título es propiamente Francisco y no “San Francisco”). Se trata seguramente de los ejemplos más bellos y verdaderos de cambio total del corazón, por su búsqueda continua de ensimismarse en la vida de Jesús, en lo que hacía, decía, juzgaba, pensaba.

Hijo de Bernardone, era un joven de buena familia, inteligente, fuerte; vivía como todos los jóvenes de su tiempo, se vestía a la moda, participaba en las fiestas, tenía frente a sí una carrera bien encaminada y la perspectiva de una vida acomodada, siguiendo la actividad comercial de telas del padre. Algo que comenzó a producir en él “unas rarezas” (como dirán los suyos), fueron los años en los que estuvo prisionero después de la guerra entre Asís y Perugia. Obtiene una copia del evangelio “prohibido”, porque estaba escrito en vulgar y no en latín y comienza a leerlo. Regresa a Asís y ya no es el de antes. Bernardo era el notario encargado de la administración de la empresa de su padre y, encargado también de la causa en tribunal en contra de Francisco, porque éste había regalado a los pobres, la ganancia de la venta de telas; Pietro Cattani es, en cambio, el abogado que defiende a Francisco. No entienden la razón de su actuar, pero no logran olvidarse de sus palabras y deciden seguirlo. Son los primeros que van con él. Regalan todos sus bienes y eligen la vida que Francisco había comenzado.


En la ciudad todos empiezan a pensar que estos jóvenes se han vuelto locos. Cuando Bernardo abre su casa para regalar todo lo que tenía, se presenta ahí también Leone, un joven que fue con la esperanza de obtener dos lebreles de propiedad de Bernardo; ahí encuentra a Francisco, que le llama “ovejita de Dios”, como su mamá le decía desde pequeño. Leone siente sobre sí su cariño, el amor de quien conoce a profundidad su corazón. Rufino es quien se tarda un poco más en entender la decisión de Francisco; él era su “compañero” de guerra y de fiestas, y no logra explicarse, sino con la locura, aquello que Francisco ha, misteriosamente, elegido. Un día Francisco se presenta a su mesa para pedir limosna y Rufino se queda desconcertado. Luego está Clara. Los dos se conocían desde niños, siendo dos herederos de dos familias nobles de Asís, y Francisco siempre había fascinado a Clara. Ella, como todas las mujeres de buena familia, se dedicaba a obras de caridad para los pobres, pero eran vacías, porque eran carentes del amor a Jesús que solo Francisco luego le enseñará.


Puesto que la ciudad comenzaba a volverles la vida imposible, porque se escandalizaban de su vivir con los pobres de la tierra, siguiendo el consejo del Obispo, Francisco decide pedirle al Papa su bendición y, sucesivamente, la aprobación de su Regla de vida comunitaria. La noticia de lo que estaba haciendo Francisco se difundió por toda Europa y muchísimos jóvenes fueron para unirse a él. A ellos, Francisco decía simplemente que tenían que vivir en total pobreza, regalando todo a lo que estaban apegados. Muchos de ellos, por esto, se fueron.



La difusión de la noticia, el riesgo de formalismo (la aprobación de la Regla era, en cambio, en función del poder ser reconocidos como parte de la iglesia) y un momento de “desierto” y soledad para Francisco, crearon en él una crisis; se retiró al monte Verna, solo, para rezar, acompañado por Leone que, a distancia, lo esperaba. Es en este monte donde Francisco, desesperado, pide a Dios una respuesta para encontrar el sentido de todo lo que estaba haciendo, respuesta que ya no encontraba. Misteriosamente Francisco se desmaya y se despierta con los signos que Dios había vuelto a confirmar su elección sobre él para ser signo de una humanidad nueva frente a los hombres.


Francisco, entre los santos, es sin duda aquel que más se acerca a Jesús, hombre verdadero, capaz de amor total al Padre; era todo suyo. El ensimismarse en la persona de Jesús acontece para él de una forma casi violenta, brutal, incomprensible para el mundo de su tiempo; un joven rico, inteligente, lleno de esperanza en el futuro, había entendido que Jesús es la sola esperanza para el hombre y, por esto, revoluciona toda su vida.



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