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Instituto Científico Técnico y Educativo

Entrevista a la Licda. Esperanza Hernández Romero


Publicamos aquí una entrevista que hicimos, el 10 de diciembre de 2015, a la Lic. Esperanza Hernández Romero, Responsable Administrativa del “Instituto Científico Técnico y Educativo”, ICTE, con motivo del 25 aniversario de su fundación.


La universidad mexicana que en este 2020 mundialmente tan complicado por el Coronavirus y la crisis económica, festeja sus 30 años con encuentros virtuales, todos los jueves, a las 17:00 hrs. hora local de la Ciudad de México, en el canal youtube.


https://www.youtube.com/watch?v=TBWWdpfjf-4




El ICTE (Instituto Científico Técnico y Educativo) se define a sí mismo como “la más pequeña de las grandes universidades”. ¿Por qué, cómo, dónde, cuándo, por quién y para quiénes nació esta propuesta educativa? El profesor Giovanni Riva, un italiano que había venido a vivir a México con su familia en 1985, decidió dedicar su tiempo y sus muy escasos recursos a un grupo de jóvenes universitarios, en su mayoría de la UNAM (una de las más importantes y pobladas universidades en México y en el mundo). Alrededor del profesor Riva, unidos por una experiencia de comunidad cristiana, estos mismos jóvenes se volvieron muy atentos a las necesidades de la sociedad en que vivían y constituyeron, como primer paso, el Centro Cultural “Instituto Nuevo México”, en la Ciudad de México, donde se promovían cursos de música, idiomas, arte, literatura, arquitectura, filosofía, capacitación al trabajo, etcétera. Mientras el grupo se fortalecía, gracias también a la experiencia de trabajar juntos, vimos nacer, por la incansable labor del profesor Riva, comunidades del mismo tipo en varios Estados de la República Mexicana, de Centroamérica y de Venezuela.


Fue una época inolvidable para mí y para muchos que en ella participamos. Éstas son las raíces de lo que es el ICTE. El Instituto Nuevo México de hecho dio inicio a pequeñas otras empresas, en las que las personas se involucraron en un trabajo juntos, creando lugares de trabajo diferentes, sin divisiones de raza, culto, estatus social y nacionalidad. Una de estas pequeñas empresas fue precisamente el ICTE.


El ideario que propuso el profesor Riva estableció que el ICTE fuera “un pequeño pueblo” (la llamábamos y la llamamos “comunidad educativa”), un lugar de pertenencia, un punto de referencia y al mismo tiempo un punto de partida para los jóvenes, que las grandes universidades dejaban solos o rechazaban en una etapa tan crítica e importante de sus vidas.


Se constituyó la Asociación Civil el 12 de noviembre de 1990; se remodelaron las instalaciones del Instituto Nuevo México, para adecuarlas a las reglas impuestas por la Secretaría de Educación Pública (SEP) mexicana, y el primer grupo de alumnos empezó a frecuentar las clases en 1994: eran sólo tres alumnas, nuestras pioneras. Siguieron años muy difíciles, no sólo económicamente, pero fueron años muy valiosos, muy formativos para todos nosotros: éramos pobres en exceso por lo que se refiere al dinero, pero muy ricos en ideales y ganas de trabajar.


¿Y cómo es el ICTE ahora? Nosotros amamos pensar que es el mismo de ayer: un pequeño pueblo, un lugar de pertenencia, un punto de referencia y al mismo tiempo un punto de partida para los jóvenes que las grandes universidades dejan solos o rechazan en una etapa tan crítica e importante de sus vidas. En el mundo global que todos vivimos y que a todos nos aplasta, a quien más y a quien menos, si las tecnologías han cambiado y si las mentalidades parecen ser nuevas, es cierto que no han cambiado las exigencias fundamentales del hombre: el hombre requiere encontrar un lugar de pertenencia, pacífico y sosegado, si desea madurar en ser de veras un hombre.


Si una persona no permite dejarse educar, es decir si no escoge un lugar de pertenencia y a ello se dedica con perseverancia y fidelidad, está acabado, es hombre muerto; no existe una etapa de la vida en que una persona pueda decir de sí misma: estoy formado, camino por mi cuenta y ya.


Más prácticamente, esto ¿cómo se ve y se realiza? El ICTE acoge, ahora, a unas doscientas cincuenta personas, más o menos, entre alumnos y profesores, es decir, las instalaciones están repletas, y cuando miro a estas personas pienso seguido en aquellas nuestras tres primeras alumnas y a los cuatro o cinco profesores con quienes empezamos. Tenemos tres licenciaturas (diseño de interiores, filosofía, contaduría) y un posgrado en educación.


Becamos a la mayoría de nuestros alumnos, porque varios son de muy escasos recursos; y nuestros profesores están conscientes que una tarea social y educativa de este tipo requiere mucho de ellos y, aun si tienen maestrías y doctorados, aceptan colaborar por una retribución simbólica. Además de los profesores, somos diez los que cubrimos las labores académicas y administrativas del ICTE, que abre sus puertas a las 7:30 de la mañana y las cierra a las 9 de la noche, de lunes a sábado. Y nosotros también aceptamos una retribución simbólica. Es una elección de pobreza voluntaria, y hemos podido averiguar que, en esta economía de compañía, nunca nos ha faltado, a ninguno de nosotros, lo necesario y muchas veces hemos tenido hasta lo superfluo. Dedicamos una entera semana a los festejos de los 25 años de existencia: en México se usa hacer las cosas así. Varias comidas, varias conferencias y visitas, dos talleres y muchas ganas de festejar. Fue una semana de inolvidable emoción, de mucho cansancio físico y de mucho gozo material y espiritual. Pero creo que el festejo mejor fue tomar juntos la decisión de abrir un nuevo ICTE en un pueblo a dos horas de la Ciudad de México, un pueblito que necesita un espacio universitario, puesto que no existe una universidad pública cercana y las privadas son sumamente caras. Hemos visto cómo lo hizo el profesor Riva en aquel entonces, y trataremos de imitarlo, por lo que podemos. Ojalá se logre: estamos conscientes que el hombre propone y Dios dispone. La raíz está puesta, porque tenemos ahí una pequeña comunidad que se formó en el ICTE de la Ciudad de México. Pensar en grande es pensar en lo pequeño y en el detalle: es una paradoja maravillosa que el profesor Riva nos enseñó. Sabemos que no tenemos ni su fuerza, ni su valor, ni su libertad: pero, sí, su fuerza, su valor y su libertad los tenemos grabados en nuestra memoria y sobre esta memoria deseamos correr nuevos riesgos.






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