Las uvas de la ira

Jhon Steinbek (autor), 1939



Leer, o mejor aún, releer Las uvas de la ira de Steinbeck, retoma importancia por dos temas de gran actualidad: la memoria y la desilusión. La familia Joad se ve obligada a abandonar Oklahoma, la tierra en la que había trabajado y construido, para buscar suerte en California. Los Joad salen empujados por la gran depresión estadounidense de los años treinta del siglo pasado, desesperados por otra mala cosecha y por los bancos, que les absorbieron la tierra, el hogar y la vida. Ellos en ningún momento desean abandonar sus raíces, pero se ven obligados por una necesidad dictada por un sistema económico que engorda al banquero que aquí aparece como un engranaje que gira sin conciencia ni voluntad, haciendo rodar el motor inmóvil del banco. En las palabras de Steinbeck: “el banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres detestan lo que el banco hace, pero aun así el banco lo hace... es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar”.


La historia de esta migración es por lo tanto memoria incómoda de un pasado, no tan lejano, en donde incluso en los países que hoy se llaman “desarrollados” o “industrializados” - Estados Unidos y Europa- se produjeron hambrunas. Por esto leer, o releer, Las uvas de la ira es importante porque recuerda a quien ahora quiere encerrarse detrás de los muros del aislamiento, que tiene una historia de migrantes. Pero Las uvas de la ira es también la desilusión, no sólo del sueño americano, sino de todo el sistema que regula el aire que respiramos. Este sistema ciega las necesidades de los demás y se encierra en un valor burgués absolutamente sordo a la voz de los explotados, permitiendo a los explotadores mantener un estilo de vida “avanzado”.



“La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para recoger las naranjas botadas, pero han sido rociadas con querosén. Y se quedan inmóviles y ven las papas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, engrosándose, listas para la vendimia”.


Pero hay un tercer aspecto que podemos vislumbrar en la novela: entre los personajes, de los más pobres y más humildes, en el momento en el cual se encuentran más desesperados, acontece un compartir que va más allá únicamente de la necesidad material. Es un compartir la propia historia de ellos, del propio vivir por algún tiempo en esta tierra, es un compartir el poder decir “yo”, un compartir la misma necesidad principal, de la cual el hambre, la casa, la familia son signos indicadores. Es en la conclusión que esto aparece con más potencia; una chica joven da a luz a un niño muerto, pero la leche de la que ella dispone se ofrece con naturaleza maternal a una humanidad que el mundo ya había condenado a muerte.




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