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Otra navidad

Una nueva esperanza para la justicia y la dignidad de cada uno


¿Quién se toma el trabajo de pensar en la razón por la que existen estas fiestas que estamos celebrando, en las que todo brilla y durante las cuales se hacen muchos regalos y no se trabaja?


Es Navidad y como todos los años es necesario que el occidente, que se dice cristiano, celebre a Jesús recién nacido. Pero, si se hace llamar cristiano, no puede hacerlo con el cinismo de quien está acostumbrado a las tragedias violentas que destruyen los lugares de vida de las personas; no puede hacerlo sin olvidar el “valle de lágrimas” que hay sobre la tierra; no puede hacerlo sin tomar en cuenta las guerras con las que algunos destruyen el mundo, interrumpiendo las vidas de los hombres y derramando su sangre. Todo esto, mientras nosotros continuamos viviendo distraídos por los regalos y las luces. Quizás, nosotros, gente que se dice “cristiana”, hemos perdido el sentido de lo que significa ser “humanos”. Por esto, en esta Navidad, queremos suspender por un momento nuestra celebración, suspender las luces y los regalos, con el corazón lleno de una silenciosa humana rebelión, para no olvidar los sufrimientos del hombre y sus injusticias.


No olvidemos que ya desde los inicios fue así y que aquel niño indefenso será el mismo hombre que será matado impotente en la cruz. Aquellas que todos llaman omnipotencia e infinitas bondades divinas se revelan a través de las dos más populares y conocidas imágenes de Jesús; y se trata de dos imágenes que no representan de ningún modo la omnipotencia e infinita bondad, sino la debilidad y la derrota, inconsciente egotismo y desesperado abandono.


Pero, en ambas imágenes (aquella del joven maestro al cual fueron vendados los ojos para que sirviera al macabro juego del escarnio de los verdugos y aquella de aquel mismo joven que, fragilísimo niño, vino al mundo de una jovencita), lo que se demuestra son el amor y la gratitud, es decir aquella dedicación incondicional y aquella reciprocidad fraternal que llamamos “ágape”.


Ellas, volviéndonos a llamar a la memoria Jesús, nos recuerdan que, a través de él, el misterio último y divino se presenta con el rostro de un mendigo de amor, de uno que desea que el hombre le ame. No decimos que no se deba celebrar, es justo hacerlo, pero reconociendo antes que en esta gran sociedad que siempre mejora, crece la negación de la verdad y de la realidad, negación hipócrita de lo que es la verdad de las cosas. Entonces, sí, la fiesta comenzará de nuevo; y será más humana y más digna. Lo será porque el niño Jesús habrá nuevamente nacido entre nosotros, dándonos un valor renovado, una nueva esperanza para la justicia y la dignidad de cada uno. Dándonos más fuerza para que verdad, justicia, amor y libertad broten nuevamente en Belén y en todas las Belén de este mundo.



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