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Para que sea fiesta de verdad

interesarse por los demás


El ser humano siente dentro de sí, el imperativo de interesarse por los demás: cuando existe algo bello dentro de nosotros, tenemos la necesidad de comunicarlo, cuando vemos a alguien que está peor que nosotros, deseamos ayudarlo con algo nuestro. Esta exigencia es tan original y natural que existe en nosotros antes de que tengamos conciencia de ella y la llamamos precisamente, ley de la existencia. La ley suprema de nuestro “ser” es compartir mi “ser” con los demás. Esto está antes de cualquier simpatía o buenos sentimientos, por lo tanto, el conmoverse frente a los más necesitados y el deseo de hacer una buena obra por los demás es frágil y puede ser carente de significado.


El hombre solo no se realiza, necesita de los demás y esa exigencia humana lo lleva a ser solidar, o sea compartir el destino de quienes le rodea, creando relaciones verdaderas. No se trata, entonces, de un sentimiento genérico de “bondad” sino de sentirse realmente parte de la humanidad, preocupándose gratuitamente por el destino del otro. De hecho, lo primero que se comparte es la propia existencia y después un regalo o una deliciosa comida. Sin embargo, la época de la Navidad se ha convertido, con el transcurso de los años, en un pasatiempo burgués en el cual todos nos concentramos en nosotros mismos y nuestra pequeña y mezquina felicidad; seguimos como títeres la moda, misma que nos obliga a portarnos bien y a fingir buenos sentimientos que nos hacen ignorar que aún cuando existe mi alegría, también existe el dolor ajeno.


Por esta razón, para nosotros lo único concreto es la atención a la persona, la consideración de la persona, es decir, el amor. Comunicarse e interesarse por los demás, hace que cumplamos lo supremo, o mejor dicho el único deber de la vida que es realizarnos, cumplir con nosotros mismos. Pero, ¿qué ha sucedido para que nos hayan llevado a creer que es suficiente realizar esto un día al año para sentirnos bien?


Jesús de Nazaret vino al mundo en una fría noche de hace dos mil años, mostrando toda la impotencia del hombre frente a su propia vida y al mismo tiempo toda la fuerza que surge del amar a los demás y compartir nuestra vida. Él siendo un hombre bueno, inteligente, piadoso, capaz de amar y de luchar, amigo de los hombres y cercano a los miserables, mostró que la única respuesta a la existencia es la de crear relaciones humanas verdaderas en una compañía ideal y operativa.


Su existencia es la invitación a todos nosotros para que deseemos un corazón y una vida más libres, lúcidos y humanos. Es el descubrimiento de que aunque amemos a los demás, no somos nosotros quienes los hacen felices. Lo que buscamos no es una sociedad más perfecta, una descomunal riqueza o una salud de hierro, ni la belleza más pura o la civilización más educada sino la presencia de este niño que hoy puede volver a nacer en el corazón de quienes lo reconocen presente y dedican su propia vida a realizar su proyecto.





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