¡Que no muera la esperanza!

por Maida Ochoa


El imprevisto como única esperanza, es la frase que me parece, describe mejor nuestra experiencia de amistad y compañía, porque estas cosas que suceden sin ser planificadas o sin esperarlas que llamamos “imprevistos”, muchas veces se presentan como algo negativo; pero tienen la particularidad de hacer nacer o germinar lo bueno. Tal es el caso del Huracán Mitch, que azotó al territorio de Honduras en 1998. Los hondureños recordamos su paso devastador, en el que miles perdieron la vida y muchos otros desaparecieron. Las inundaciones provocadas por la intensa lluvia y los deslizamientos afectaron barrios y colonias, dejando mucha destrucción y a muchas personas en la calle a causa de la pérdida de sus viviendas. Como siempre, los más afectados son los pobres, de las orillas de los ríos y de las zonas marginales, que desde antes eran zonas de riesgo. Si ya eran pobres, el Mitch los hizo más pobres ya que perdieron lo poquito que tenían.


Inmediatamente nos dimos a la tarea de un trabajo organizado para acompañar a estas familias y particularmente a niños y jóvenes, en esta nueva y dura realidad que estaban viviendo. En la ciudad, a los sobrevivientes afectados, que perdieron todo lo que tenían, los llevaron a locales que se llamaban “macro albergues”, que eran inmensas concentraciones de familias. Nosotros operamos en el llamado Macro Albergue INFOP, al este de la ciudad capital.


Muchas asociaciones de asistencia llegaban cada día con cargamentos de ayuda material. La diferencia es que nosotros estábamos allí todos los días, de manera muy organizada, a través de turnos para estar con las personas, ayudar a las madres con sus bebés, hacer labor educativa y lúdica con los niños y jovencitos, controlar las filas para los alimentos, además de ayudar en la cocina a prepararlos, identificar a los enfermos y llevarlos a las clínica con los doctores de turno, entre tantas cosas.


Los amigos del exterior inmediatamente comenzaron a llamar y a ponerse a disposición para ayudar, diciendo “¡Aquí estoy!” y así empezaron a llegar. Durante semanas y meses, de El Salvador, México, Italia y Japón vinieron amigos voluntarios. Este trabajo nos cambió la vida, nos enseñó a dejar nuestra comodidad o la curiosa expectación, por un trabajo fatigoso pero concreto, día a día. Aprendimos qué es realmente “estar” con la gente, en la circunstancia a la que el cruel destino los había llevado. Pero este destino me había llevado a mí a estar con ellos, me había enseñado a abrir los ojos y darme cuenta de que estos pobres, que siempre estuvieron en mi ciudad, ahora estaban a la par mía enseñándome a dar, no el poquito de tiempo y energía que me sobra, sino a dar todo de mí.


Hagamos que no muera la esperanza y la única forma es no hacer morir nuestro deseo de ponernos a la par del que nos necesita, no en el sentido de filantropía o asistencialismo social: decir presente es ponernos a la par del que sufre y acompañarlo en su circunstancia, en la que el destino lo puso. Esto nos permitirá no vivir a ciegas, la dura realidad de nuestros días.



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