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Ser adultos también es un trabajo


Queremos compartir la reflexión del grupo de los New Workers, conformado por jóvenes de diferentes países que, entrando en el mundo del trabajo, se cuestionan sobre qué significa volverse adultos.


Puede acontecer darnos cuenta que, aunque ya somos adultos, actuamos todavía como adolescentes con emociones momentáneas. Es decir que, a pesar del trabajo que podemos tener, de los títulos que podemos obtener, de las relaciones que tenemos, todavía actuamos según el estado de ánimo del momento, en un individualismo tan fuerte que nos hace encerrarnos solo en nuestro gozo inmediato. Nos damos cuenta que muchas veces nos sentimos como banderas que cambian de dirección según el viento. De hecho, nos parece que la confianza que ponemos en las cosas (trabajo, tareas, recursos, personas, entre otras) es determinada según la moda del momento. En ocasiones nos sentimos perdidos si nos hace falta algo que después de un tiempo, nos damos cuenta que no tiene valor, o, al contrario, dejamos a un lado cosas que sí tienen valor y que siempre nos han ayudado (como un amigo, un estudio o un modo de dedicar el tiempo) olvidándolo como parte de la cotidianidad.


Nos sentimos atrapados entre muchísimas cosas que no nos dejan tiempo ni de pensar en lo que estamos haciendo, solo existe el tiempo de entregar y pasar a lo siguiente. Sentimos que vivimos en una situación de constante improvisación, en la cual, quien se atreve a tomar decisiones definitivas para su vida, parece un loco, un excéntrico y nos quedamos en la incapacidad de valorar las cosas según la verdad de todos ellos, evadiendo constantemente decisiones y la toma de responsabilidades.


Si nos damos cuenta de esto es justamente porque hemos tropezado con alguien que tiene un ideal, alguien que ha decidido a qué dedicar su vida, alguien que parece tan seguro de la meta final que no se preocupa demasiado de las dificultades y obstáculos que la vida le pone enfrente. Alguien que se nos acerca, no para aprovecharse de nosotros, sino, por el contrario, pareciera que esta persona está más pendiente que nosotros mismos de nuestra verdadera felicidad, que comprende más que nosotros mismos, cuál es el destino bueno al que estamos llamados. Esta es la experiencia de un encuentro con un amigo verdadero. Y puede ser que esta persona sea muchas veces incómoda, que nos invite a cambiar nuestras costumbres constantemente, que nos empuje a salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades, que nos invite a conocer otras perspectivas y experiencias, y que además muchas veces nos pida colaborar en un trabajo común. Fundamentalmente nos ayuda a tomar en serio la vida, involucrándose en un proyecto más grande, más allá de un simple cultivo de nuestro pequeño jardín. Es un amigo con el cual enfrentar tanto los momentos difíciles como aquellos llenos de felicidad, una compañía constante en nuestras vidas.


Cuando tenemos esta seguridad, podremos concebirnos a nosotros mismos y a los demás, en una perspectiva mucho más digna de aquella de la bandera que se mueve según el viento. Y desde esta óptica puede derivar un actuar distinto. En nuestras oficinas ya no somos simples empleados que tienen que ejecutar órdenes, no nos sentimos definidos por el título que tenemos o no tenemos, no somos solo un número más en el registro de los empleados. Tomamos conciencia de tener una tarea frente a la realidad, a nosotros mismos y a los demás, queremos ser educados y educarnos recíprocamente a ser esta clase de amigos, ahí, en nuestro contexto laboral. Desde esta mirada cambia el modo con el cual enfrentamos las cosas; éstas ya no nos definen, logramos verlas como el signo de algo que indica un “más allá” de las apariencias. Los lugares de trabajo se vuelven una ocasión para expresar esto, transmitirlo a los demás, ser una propuesta nueva en cada circunstancia. Esta visión de la realidad implica una responsabilidad y esta conciencia es una característica necesaria en el volverse adultos. De hecho, el madurar implica darse cuenta de tener una tarea frente a la realidad, a los demás y hacia nosotros mismos. El adulto se mide sobre la fidelidad a esta tarea. Además, la transformación de la realidad en un lugar para que todos los seres humanos puedan desarrollarse hacia su felicidad es algo que cada uno puede hacer en su ambiente, es una tarea que cada uno debe tomar como suya. Abandonar esta responsabilidad a causa de un estado de ánimo o de un instinto del momento sería el rechazo de un bien, una actitud infantil y estéril.


Esta idea nos permite también no cerrarnos entre nosotros y un pequeño grupo. Esta nueva propuesta de vida nos invita a construir amistades que van más allá de las cuatro paredes de la oficina y del contrato, es una invitación a salir al mundo y enfrentar la vida acompañados, tomando decisiones y teniendo responsabilidades. Incluso nos permite no limitarnos a construir amistades que serán pasajeras y que solo serán efectivas mientras el contrato no acabe. De hecho, reconociendo en la otra persona las mismas necesidades de felicidad y realización que tenemos nosotros, nos damos cuenta de cómo esta perspectiva es una cuestión personal mas no individual. Este modo de enfrentar la vida contagia y hace que queramos vivir en compañía de los otros cada momento.


Poder contar con una experiencia como ésta rompe aquel esquema donde la mentalidad común (que manipula y hace creer que el único objetivo de la vida es trabajar, entregar un producto o el gusto inmediato), quiere hacernos entender que la construcción de amistades en las horas laborales no es más que una pérdida de tiempo, pues “a la oficina se viene a trabajar y no a hacer amigos”. Esta misma mentalidad crea desconfianza hacia los demás, nos encierra siempre más frente a nuestras computadoras y en nuestros intereses personales, haciéndonos creer que si alguien se acerca para conocernos es por un interés económico o social. En cambio, si hacemos experiencia de una relación más profunda con los demás, en la cual esta forma de enfrentar la vida es compartida con otras personas, pueden nacer amistades sinceras y humildes que no se basan en el estado de ánimo o en los instintos, sino que se vuelven fieles a la tarea que nos une. De esta forma nos sentimos parte de una identidad común en la cual estamos ligados a los demás, reconociendo la necesidad común y compartida de una búsqueda de significado para el propio actuar, que cada ser humano, si no está muy distraído podrá experimentar.


De este modo, vemos que la idea o el significado mismo de lo que quiere decir trabajar, cambia. Vivir así se vuelve un trabajo, porque es un enfrentar siempre todo para modificarlo, volverlo útil y darle un orden a las cosas. Es la aplicación de nuestro “yo” a algo, para que ese algo sea utilizado para el bien. Esto se concretiza en la forma con la cual enfrentamos cotidianamente la realidad, cómo tomamos las decisiones determinantes para nuestra vida, cómo enfrentamos el trabajo civil, cómo organizamos nuestro tiempo. Así, cada aspecto del actuar en la cotidianidad se vuelve el trabajo de aplicar nuestra personalidad a lo que hacemos, colaborando para transformarlo.


Nuestra invitación es ser esta clase de amigos, es tomar seriamente la tarea de nuestra realización personal y común, es la invitación a construir en nuestros ambientes cotidianos, lugares fecundos de compañía sincera entre las personas, que sean desafíos a esta mentalidad común que nos quiere encerrar en tantas individualidades infantiles y miedosas. Es un llamado a realizar el trabajo para volverse adultos, caminar juntos ayudándose y sosteniéndose los unos a los otros, un colaborar hacia esa adultez que significa saber identificar a qué queremos dedicar la vida.



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