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UNIVERSalIDAD

ciclo de conferencias 2020-2021


El Centro Cultural One Way y la universidad Instituto Científico Técnico y Educativo (ICTE) quieren reflexionar desde un punto de vista personal y universal, sobre el tema propuesto por el Congreso cultural Tonalestate 2020 “Ad urbe tradita”, a través de un ciclo de conferencias 2020-2021, con el título: UNIVERSalIDAD.







El Congreso Cultural Tonalestate, en su edición 2020, abordó el tema de "la ciudad" con el provocativo título de "Ad urbe tradita", jugando con la traducción latina y utilizando el término tradìta en el sentido de traicionada, una promesa no cumplida, o tràdita, es decir, entregada, en el sentido de dejada en herencia y fiel al origen.


Esta provocación ha llevado el Centro Cultural One Way y la universidad Instituto Científico Técnico y Educativo (ICTE) a reflexionar sobre el tema desde un punto de vista personal, y hemos querido ponernos frente a él, descubriéndonos ciudadanos capaces de dejar algo en herencia o capaces de traicionar y destruir lo que hemos recibido. Así, recoger la provocación del Tonalestate nos cuestiona sobre la finalidad de las relaciones que tenemos con los demás y hacia nosotros mismos, advirtiendo que muchos de los problemas que vivimos en nuestras “ciudades” nacen del concebirse como una suma de individualidades. 


También en nuestro trabajo cultural nos hemos dado cuenta de la diferencia entre un intelectualismo criticista estéril, expresión de una afirmación individual, y de un juicio cultural común, expresión de un movimiento de compañía, capaz de generar y no de condenar.    


Es por ello, que con el deseo de buscar juntos este juicio, nos hemos acercado al tema de la ciudad preguntándonos: ¿la ciudad surge como necesidad de asociarse para proteger intereses particulares o por algo más grande?


En la historia, lo valioso de un pueblo es reconocerse alrededor de una identidad común (una lengua, un territorio o valores comunes), hecho que puede ser ocasión de encuentro o escollo para encerrarse en nacionalismos y, una vez más, individualismos. Sin embargo, la ciudad nace como respuesta a una necesidad humana; cada persona necesita del otro para salir adelante. Es una ley de la naturaleza, propia del ser humano, depender de las otras personas no solo para sobrevivir, sino para ser feliz.


Por esto el tema de la ciudad no se reduce a la urbanística o a la arquitectura, aunque éstas sean importantes y fascinantes, sino que abarca la universalidad del ser humano en su conjunto de necesidades; abarca la universalidad de interrogarse sobre la identidad de cada uno en relación a los demás; abarca la libre decisión de construir una identidad que derive del buscar una realización o del traicionar la tarea que tenemos frente a la existencia, dejando el ser humano en el estancamiento del mono que no quiere volverse hombre. Hay momentos históricos en los cuales prevalece el individualismo (como las guerras, militares o económicas) y otros en los cuales parece que la solidaridad sea más fuerte (se puede ver frente a desastres naturales o en el trabajo diario de muchas personas libres y constructores de una nueva humanidad).


Frente a este hecho nos preguntamos ¿qué relaciones creo con los demás? ¿El otro es para mí medio de realización o de aprovechamiento? ¿Es la ciudad un lugar de encuentro o es el reino del más fuerte? ¿Es posible concebir a la otra persona como un don, o el instinto de sobresalir sobre los demás sigue siendo el preponderante? ¿Es posible una unidad verdadera entre los seres humano o el individualismo nos separará siempre más encerrándonos en lo que consideramos solo “nuestro” (sean estas capacidades intelectuales, manuales, recursos o simplemente tiempo)? 


La provocación del Tonalestate de este año nos empuja a ver la ciudad como algo que abarca la universalidad de nuestras relaciones; por esto reflexionar sobre qué tipo de ciudad queremos construir nos lleva a cuestionarnos sobre la finalidad de nuestras relaciones y de nuestro convivir. La ciudad está hecha fundamentalmente por quien la habita, por su forma de ser antes que por su quehacer. 


Si pensamos en las desigualdades que nos acompañan recorriendo nuestras ciudades, nuestra región, nuestro continente y el mundo, nos damos cuenta que vivimos siempre más encerrados y asustados. Nos asustan los otros seres humanos y la pandemia ha aumentado exponencialmente este sentimiento de lejanía (suficiente pensar a las calles y a como la cotidianidad ha cambiado, como nuestra manera de relacionarse físicamente con los demás ha cambiado; reflexionamos sobre el concepto de “distanciamiento social” utilizado en segunda instancia para alejarnos aún más de las otras personas). 


Sin embargo, si en nuestro recorrido por nuestras ciudades miramos con atención y sin fijarnos solo en las publicidades, en las letras gigantes de los centros comerciales o en el tráfico de las carreteras, podemos ver signos de la voluntad de muchos seres humanos de compartir sus capacidades y el deseo de ir hacia los otros. Podemos ver, por ejemplo, plazas, bibliotecas, iglesias, centros culturales, escuelas, universidades, teatros, lugares pensados para que los seres humanos se puedan encontrar. Además, podemos darnos cuenta que hay comunidades que comparten sus recursos, hay amigos que se buscan y se encuentran. Entonces, ¿es una utopía poder pensar en nuestras existencias considerándolas dentro de un contexto universal? 


Si, por ejemplo, pensamos en el surgimiento de las universidades se vuelve evidente la necesidad de relacionarse con los demás, como fuentes de un saber común y de percepciones diferentes de la realidad. Reconocer que para aprender necesitamos de los demás, de colaborar a su desarrollo y de participar en su crecimiento nos hace sentir parte de un pueblo. Nosotros aprendemos de otros y esto acontece en todas las relaciones. Aunque en la normalidad de la vida esté la tentación de crear relaciones de beneficio propio (de hecho acontece de aprovecharse de una relación para uso personal, aunque no se haga con la intención de hacer daño a la otra persona) no obstante esto, esta necesidad de relacionarse es tan profunda, que a través de amistades verdaderas con los demás, puede suceder de aprender a ver la otra persona como un don, algo que no nos merecemos, pero está allí y lo necesitamos para aprender, para desarrollarnos, comunicarnos, vivir. En esto nos damos cuenta que, en este recorrido, necesitamos de que alguien pueda enseñarnos a ver las otras personas de una forma no instintiva, si no con esta mirada de gratitud. 


Entonces, la ciudad no es sólo una organización ciudadana, hay una humanidad que desea compartir su universalidad, un sentimiento que nos une a todos los seres humanos, aún a quien no vive físicamente cerca. Se necesita reconocer una pertenencia para que no sea algo teórico, porque la unidad no es un buen sentimiento, sino una necesidad genética que nos hace pertenecer los unos a los otros. No es lo que afirma la mentalidad común que “la unidad hace la fuerza” y otros lemas de este estilo que son usados, en realidad, para separar al hombre en sí mismo y de los demás (Sobre la voluntad de dividir los seres humanos de su origen y destino podemos recordar aquel cuento mítico del encuentro entre Eva, de quien nacieron todos los seres humanos, y la serpiente, preocupada solo de dividir, alejar y traicionar). 


El Centro Cultural One Way y la universidad ICTE buscan ser una ayuda para reconocer estos mecanismos de división. Nos damos cuenta que sólo una pertenencia clara y común nos da una identidad que nos hace actuar y así ser más libres en construir juntos una ciudad armoniosa. Reconocer una pertenencia nos hace redescubrir nuestra identidad y el deseo de construir con los demás. 


Tenemos la posibilidad, la voluntad y la exigencia de edificar nuestra ciudad pensándola como una sinfonía donde cada instrumento, en su irreproducible unicidad, participa a una música común. Donde, muchas veces, la misma nota es reproducida de un modo distinto según las especificidades de cada músico y de cada instrumento. Donde las variaciones de ritmo son bienvenidas para expresar la idea del compositor bajo la función de un director pendiente de salvar la unidad de la música coral. Queremos que nuestras ciudades sean como la obra de arte del pintor que escoge sus colores, objetos y materiales, cada uno con su propia particularidad, para expresar una unidad en la valoración de las características de cada uno.







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